02 septiembre, 2009

On the Road Again

Aunque me considero una criatura de la ciudad, realmente dentro de mi existe el anhelo de desenvolverme en espacios libres de las presiones de horarios, el tráfico, la marabunta y el calor abrasivo. Tal vez sea el constante añorar de la infancia.
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El pasado 15 y 16 de Agosto me lancé a Concha del Oro, Zacatecas precisamente buscando romper con mis patrones mentales forjados de semáforos y monitores.
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Hacia más de 17 años que no tomaba la carretera y realmente extrañaba la vista de las sierras desérticas, los cactos y las breves poblaciones separadas por cientos de kilometros una de la otra. Aún a mis 35 años, la vista de alguna población que yace en un cementerio dejando chozas y ruinas calcinándose al sol, sigue asombrándome de una manera que no puedo explicar.
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Son tres horas de viaje aproximadamente, una vez ahi y adentrarnos al pueblo, lo que inmediatamente te asalta es el silencio. La nula presencia del murmullo constante de "algo" es tan chocante y reconfortante al mismo tiempo, sólo queda hacer segunda y dejar la mente absolutamente en blanco.
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Todo es breve, todo está cerca, todo tiene 100 o 50 años de antiguedad cuando menos. Las vitrinas y escaparates se mantienen firmes y útiles desde los 40 o 50. Una caminata a conciencia durante un día y recorres todo, pero no lo ves. Para apreciar los rincones, los marcos, los adobes y los sillares, se requieren varias visitas. Detenerse y observar. O de plano vivir ahi.
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Mención aparte merece la mina de cobre, la cual fué alguna vez el sustento de la población, instalada en los alrededores del pueblo y asentada en la sierra, provee fuertes impresiones de historia y movimientos masivos de materia y gente. A 2700 metros sobre el nivel del mar, es lo más cercano a volar, compartir la vista con las aves y respirar su aire.
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Tener semejante libertad tambien te permite aventurarte como no lo hacia desde los 12 años, antes de que la pubertad activara la vanidad y el orgullo de creerte adulto y casanova. Abrirte paso entre matorrales y espinas, escalar tramos para los cuales estás muy grande o muy pesado, distinguir las pisadas de los conejos y de los coyotes y llegar hasta el punto en que no hay nada más alto que uno mismo. Fotografias: Verónica Magallan.

3 comentarios:

  1. Muy interesante la crónica.

    Mi abuelo nació en ese pueblo

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  2. orale! nunca me lo hubiera imaginado! trataré de volver pronto para realizar un reportaje gráfico.

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  3. orale, me gusto mucho la narrativa de tu aventura, y me da gusto que hayas decidido salir de la jungla de concreto para entrar a terrenos mas despejados...

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